jueves, 2 de diciembre de 2010

Cómo fue que caí en los brazos de un delincuente

No se cómo fue, pero pasó… El encanto ciega, seduce y modifica el actuar. Es como una droga, un placebo, que no te deja ver la realidad. Te enceguece a tal punto que no puedes ver más allá de tu nariz.

Apareció de la nada, en una isla paradisíaca, perdida en medio del Océano Índico. Guapo, simpático, gracioso. Su perfil psicológico distaba mucho del de un malhechor. Atento, cariñoso, culto y hábil. “Hábil”. Ese sin duda es el rasgo más característico de un pato malo. Ser ¡PILLO! Así fue como caí, como en el pasado habrán caido varias más. Con su labia y palabras bonitas, admito que me cautivó. Sin embargo, algo en él siempre me dio una extraña impresión. ¿Mala espina? No sé… Pero había “algo” que me perturbaba de él. Que no me cuadraba. ¿Enrollada? Maybe… No le hice caso a mi instinto esa vez. ¡Gran error! Pero en el futuro mis instintos y mi sexto sentido, sin duda, comandarán mis elecciones y destino.

Enceguecida seguí una historia de amor que tal vez nunca debió ser. No estaba enamorada, pero sí lo suficientemente encantada como para no ver. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Ya, ok. Soy desconfiada. ¿Pero imaginarme que el hombre que quise era o fue (y tal vez sigue siendo) un DELINCUENTE? ¡JAMÁS! No llegan a tanto mi paranoia e inseguridad.

Es impresionante la capacidad del ser humano para mentir y hacer daño. Tanta mentira y omisión matan al más fuerte amor.

Esa es mi historia. Los detalles de su prontuario me los guardo para mi. Sí, lo voy a superar, pero difícilmente olvidar. No me refiero a él o a lo que hubo entre nosotros. Eso ya lo olvidé, ya murió. Sino, más bien, que caí en los brazos de un delincuente… Eso tan fácil no se olvida… Espero algún día poder reírme de todo esto. El dolor pasa, y esto no pasará a ser más que una anécdota. Una INSÓLITA anécdota, que sólo a mí me pueden pasar

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